UN ADIÓS EN MEDIO DE LA PANDEMIA

img

Podría decir que no le temo a la muerte, pero estaría mintiendo. Una cosa es que esté plenamente consciente de que la muerte es el único evento real, verdadero, en esta vida y otra cosa es que me atraiga. Desde hace rato camino ligero, con una carga mínima e incluso mis sueños que por mucho tiempo eran voluminosos, ahora caben en mis bolsillos, debido a que según la ley de las probabilidades, a medida que se acerca uno o sobrepasa las expectativas de vida del entorno, es tan fácil despertarse cualquier día en el otro barrio, a menos que se tenga la constitución genética de Kirk Douglas.

Hace algún tiempo, en una reunión de amigos, al calor de los tragos, surgió la pregunta de cómo nos gustaría morir. Uno dijo que de un infarto fulminante, otra expresó que quería morir durante el sueño, alguien más quería tener el tiempo para arreglar sus cosas y despedirse. Como era una plática de presos, vergolillazos de por medio, para resaltar el hecho de que nadie puede escoger la forma de morir, al llegar mi turno les dije que quería morir de spleen, aquel padecimiento tan socorrido de los poetas franceses y que Juan de Dios Peza endilgó a Garrick y que no era otra cosa que tedio, aburrimiento, melancolía. Resalté que quería morir de esa sensación de aburrimiento que produce tener tanto dinero y haber gozado repetidamente tantos placeres, de tal forma que el spleen resultante me condujera hasta la muerte. Después de algunas risas, todos se quedaron como los bohemios del brindis al final del poema y no quedó alternativa más que echarnos otro trago al coleto.

El caso es que en este aciago año, annus horribilis, como diría S.M Elizabeth, un virus, cuya procedencia nunca sabremos, si fue elaborado en un laboratorio, si fue trasmitido por un animal o cualquiera otra de las hipótesis conspiracionistas que flotan en el ambiente, está jugando con las probabilidades que tenía barajadas. Ya no podré apostar a cuidarme para sobrepasar el promedio de vida de la región, sino que pareciera que ahora los dados están cargados. Así pues, tengo que agregarle a los cálculos iniciales, la probabilidad de contraer el COVID-19, con el agravante de que debo cuadruplicar el promedio mundial de contagio, debido a que nuestro solidario gobierno se ha empeñado en realizar lo contrario de lo recomendado por los científicos y por otra parte, sin estadísticas verdaderas o al menos creíbles, no tenemos ni la menor idea de por dónde andamos. Algo así como si combináramos La Peste de Camus, con el Ensayo de la ceguera de Saramago, con la única esperanza de que se mezcle también La máscara de la muerte roja de Poe.

El caso es que ante el probable caso de contraer el virus, ahí si me cargó la calaca. Además de pertenecer al grupo de ciudadanos de la tercera edad, con mayores probabilidades de una complicación del COVID-19, el sistema de salud nicaragüense es tan precario, por no decir miserable, que colapsaría a la primera de cambios. No me imagino llegando a un hospital de la seguridad social demandando atención y un lugar en la UCI, en donde estaría compitiendo con doscientos veinte ciudadanos más y entre ellos alguien que sigue ciegamente las consignas del partido. Por otra parte, por una de aquellas chiripas de la vida, logro sobrevivir a la pandemia, vendría la debacle de la economía nacional, tan enclenque después de la crisis de 2018 y 2019, que es tan comparable a un ciudadano de ochenta años, con diabetes, hipertensión y lupus eritematoso frente los estragos del virus. Ahí entonces moriría de inanición.

Así pues, deseo aprovechar este período en donde estoy como el bateador en el círculo de espera, todavía haciendo swing, aún con salud y con acceso al internet, para despedirme de mis amigos, reales y virtuales, que para el caso es lo mismo, así como de los lectores de mi blog.
Si bien es cierto, no logré amasar una fortuna que me llevara al spleen del que hablaba anteriormente (lo de las recompensas llegó demasiado tarde), la vida me hizo el enorme regalo de darme una familia de primera, de la cual me enorgullezco y que en su inmensa mayoría me profesa un inmenso cariño, tan grande, que a veces dudo si he podido corresponderlo en toda su dimensión. He portado mi apellido con honor e hidalguía y a pesar de que en los últimos años ha sido más vilipendiado que un árbitro de fútbol, siempre he sentido el alivio de ser identificado en el bando de “los buenos”.

Mis amigos no son tan numerosos, pero la mayoría ha llegado a conocerme y me honran con su aprecio. Muchos los conozco desde la infancia y otros los fui encontrando en el camino de la vida y han hecho más llevadero el trecho. A través de las redes sociales he encontrado a otros amigos y aunque he realizado grandes esfuerzos, solo a un reducido grupo los he llegado a conocer personalmente, pero coincidimos en muchas cosas y siento que nuestros abrazos virtuales son sinceros.

El grupo de mis lectores tampoco es inmenso, sin embargo, me ha sorprendido conocer a estimables personas, que sin yo sospecharlo leen mis escritos y algunos echan de menos cuando paso algún tiempo sin escribir. Algunos han encontrado la rendija por donde se asoman a mi intimidad y los pocos que se atreven a comentar mis escritos, salvo raras excepciones, tienen conceptos que hinchan mi pecho de orgullo.

A todos ustedes, que ocupan un lugar especial en mi corazón, quiero mandarles un abrazo del tamaño de este convulso mundo, más que como un adiós, como un hasta siempre, con mi extrema gratitud por haber contribuido a hacer mi vida plena de satisfacciones.

Seguiré escribiendo hasta donde las circunstancias me lo permitan, pero quería decirles que si algún día mi voz se apaga, tengan este escrito como la despedida de alguien que supo apreciar cada gota de afecto que recibió.

Escrito por Orlando Orteg Reyes. 30 de marzo del 2020.

This div height required for enabling the sticky sidebar
close